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JOSEFA SEGOVIA, Formadora siempre: Parte III

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JOSEFA SEGOVIA, Formadora siempre: Parte III

De su extraordinario modo de ser y, sobre todo, de su afán evangelizador, dejan amplia constancia las muchísimas cartas que escribió durante los largos veinte años que hubo de gobernar la Institución sin la presencia física del fundador. Varios centenares son cartas generales o dirigidas a grupos de la Institución, y hasta casi 18.000 actualmente catalogadas, a personas particulares. A todo ello hay que sumar cientos de manuscritos de sus conferencias o discursos, y los guiones para exposiciones orales. También, de carácter más íntimo, las decenas de cuadernos con diarios, crónicas o anotaciones. Y las incontables hojas con saludos, encargos, consejos... 

Fue una comunicadora nata. Además del gran impulso espiritual que brotó siempre de su persona, en una oscura y difícil etapa, buscando posibilidades distintas para un futuro mejor, supo animar al estudio, a la creación cultural y a dejarse interpelar por los más necesitados.  

Además de las personas y familias que solía visitar, le gustaba ir con las alumnas universitarias del Colegio Mayor “Padre Poveda” de Madrid al barrio periférico El Pozo del Tío Raimundo y, con María de Echarri, tan comprometida en el trabajo social, a la cárcel de mujeres.  

Fiel a lo que el fundador le confió como ejercicio específico de su cargo de Directora de la Institución Teresiana: la formación de los miembros, escribió: “Yo entiendo que es lo más fundamental, lo de mayor trascendencia, lo más serio y difícil en que podemos ocuparnos”, y de hecho puso en práctica este encargo a lo largo de toda su existencia, dedicándose siempre, ante todo y en primer lugar a la formación de las personas. 

A ello sumó su extraordinaria visión de un mundo interdependiente, abierto a otras culturas, a otros pueblos, necesitado de diálogo y encuentro. Resulta muy elocuente que, en una de las últimas grabaciones que se conservan de ella, reflexiona precisamente sobre estos temas. Pone de relieve la necesidad del diálogo, de la riqueza que constituye la diversidad, de la comunicación intergeneracional y, con una visión casi profética, entra muy a fondo en lo que hoy denominamos pluralismo cultural y encuentro entre culturas. Sin duda ninguna, el tipo de preparación humana, cultural y espiritual que ella propició, las experiencias de vida que ella desarrolló, como clave de una vida «plenamente humana y toda de Dios», llamada a vivir como los primeros cristianos, hablan claramente de personas con visión y con entrenamiento para construir, integrando críticamente la multiculturalidad. 

Y a ello sumó, también, su clara visión al hacer dialogar la fe, las culturas y la atención específica a aquellas vidas más alienadas y heridas. Y entendió que sólo tendremos una palabra de esperanza para otros/as si vislumbramos desde dentro las penas y desesperanzas de aquellos a los que queremos educar o formar. No tendremos palabras de compasión a no ser que vivamos en cierto modo sus fracasos como nuestros. No tendremos una palabra que pueda ofrecer un significado para la vida de la gente, si antes no hemos sido tocados/as por sus dudas y hemos, como ellos, rozado el abismo. 

Josefa Segovia fue regalada con un inmenso don de Dios: veía a las personas como Dios nos ve, con la belleza y la bondad de cada uno/a. Cuando Dios hizo el mundo vio que todo era bueno, y esa bondad está ahí a pesar de todo, a veces oculta y soterrada, y esa belleza puede estar escondida, pero Dios la ve y la ama. 

Ella veía las cosas como son y se entregó a la tarea de hacer crecer y dignificar plenamente a las personas. Por eso estaba llena de alegría y, a veces, de pesadumbre. Nadie puede conocer esa felicidad, la auténtica, la profunda, a no ser entrando en las zonas oscuras de la vida humana y conociendo el dolor y el sufrimiento, porque es allí donde hallamos a Dios esperándonos. 

 

 

Fotos de Josefa Segovia: AHIT

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